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@CARLOSLGUERRERO

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Amantes del sufrimiento

No soy de Cruz Azul, pero eso no me impide hablar de ellos. Inclusive, estoy absolutamente seguro que puedo analizar de manera objetiva el sentir de la afición cementera aun sin pertenecer a su nación. Puedo palpar sus sentimientos, puedo entender el enojo acumulado, puedo oler la rancia desilusión de años que parecen eternos y puedo percibir el hartazgo que por dimensión, ya no cabe en ninguna bodega.

El impacto que provoca Cruz Azul entre sus seguidores es digno de estudio como fenómeno social.

¿Qué es lo que les hace permanecer ahí? ¿Cuál es la satisfacción que encuentran allá en las alturas de una montaña desafiando al abismo? ¿Cómo es que disfrutan caminar cada torneo por una cuerda floja con los ojos vendados sin red de protección que salve sus corazones?

Cruz Azul es para valientes. Y son dos los requisitos que se piden: valentía y fidelidad. Si alguien no está dispuesto a desmoronarse, hay otras ventanillas. Es para pieles gruesas a prueba de todo.

Ser del Cruz Azul es saber deambular por caminos sinuosos sabiendo que en cualquier momento se habrán de desgajar. Es pararse en la orilla del acantilado extendiendo los brazos en una tarde de peligrosos ventarrones. Es adentrarse al mar en aguas repletas de tiburones.

Al aficionado del Cruz Azul no hay que criticarlo. Hay que admirarlo. Son valiosas piezas de museo.

Son obras de arte abstracto que, no porque sean difíciles de entender, significa que no tengan sentido. Son únicos e irrepetibles. Son necesarios para construir emociones. Sin ellos sería demasiada aburrida la rutina del futbol.

Siempre serán reconocidos y admirados aquellos que en el circo juegan con los aros de fuego, los que se lanzan como hombres bala por el cañón o los que sortean afilados cuchillos dependiendo de la puntería del apache.

Tal cual eso son. Su felicidad, e incluso la motivación para que gire correctamente su vida, depende de terceras personas. El aficionado al Cruz Azul, maniatado de manos y con una manzana en la cabeza, sólo reza, implora y cierra los ojos esperando la obra culmine con bien, consciente que puede terminar fatal.

El sufrimiento es parte de su esencia. Lo necesita como el hambriento que muerde lo que sea para saciar el hambre. Es su medicamento recurrente, infalible y de cabecera.

El aficionado al Cruz Azul paga un boleto por sufrir, por sentir vértigo como el que paga por ir a la feria para subir al juego que peores sensaciones genere.

Es el que aún con náuseas, vuelve a pagar por otra vuelta y que todavía sube a la parte delantera para sentir más estragos. Las caídas libres son parte de una liberación emocional que después de lo peor, saben a premio.

Hoy que su equipo quedó expuesto y exhibido, el verdadero aficionado al Cruz Azul puede caminar con aires de grandeza porque esto, no es para cualquiera.