FutbolFeed

@CARLOSLGUERRERO

·
3 min
A
A

Eres Viñas y te quitan un gol

Corre el minuto 89. Te queda poco tiempo para hacer el gol del triunfo. Ese que marcará la espectacular voltereta. Ese gol que soñaste una noche antes.

Volteas a ver al entrenador y puedes observar cómo las arrugas de la frente le hacen surcos por la desesperación acumulada. Parecería que hasta ha envejecido.

El centro esperado no te llega. Tampoco ese balón filtrado por parte de tu mejor socio. Acechas cual cazador a una presa pero no traes la escopeta.

Avanzan los segundos, ya están cerca de la prórroga. Observas al cuarto árbitro que anuncia cinco minutos más (benditos mil cambios que te extienden la póliza).

Sabes entonces que tienes tiempo para el gol del triunfo, para romper el empate que te sabe a poco. Te posicionas en tu hábitat favorito, por ahí cercano al manchón penal. Luego te mueves hacia la media luna para no ser pillado en fuera de juego.

De pronto, ves cómo tu lateral roba una pelota con maestría y sin uso de violencia. Éste avanza y le concede el balón al de mayor talento que tiene a escasos metros. Llega por fin el centro anhelado. Se dirige a ti con el efecto perfecto. Casi enviado con coordenadas. No puedes fallar. Lo decretaste. Te anticipas a la marca, activas los músculos, te encomiendas a todos los santos, calculas la parábola en milésimas de segundo hasta que... ¡pum!

La pelota se dirige a las redes. Ves volar en cámara lenta al portero y te das cuenta que jamás llegará. Lo tienes, es tuyo. ¡Es gol! ¡Sí! ¡El gol de la voltereta! Estallas y enloqueces de júbilo. La adrenalina sulfura tu cuerpo. Te preparas para el festejo (en tu equipo se celebran triunfos no empates). Juegas en el América; te llamas Federico Viñas.

Sacas de tu ronco pecho el grito incontrolable de gol pero... una bandera levantada al fondo aniquila toda sensación. Es una letal mordida de cobra vestida de árbitro que paraliza y adormece todo. Te ahogan el festejo. Te arrancan un pedazo de piel todavía erizada por el gol. Te encapuchan, te ponen la mano en la boca.

El VAR revisa. El silbante se cerciora y se da cuenta que todo aquello ha sido un error. Que el gol era legítimo, que el triunfo estaba consumado y que debe hacer cuanto antes, la devolución de las emociones como si fuera el área de reclamos de un supermercado.

Evidentemente ya no te sabe igual, ya no es lo mismo. Tu euforia fue tasajeada y manipulada por una máquina. El VAR te devuelve el gol pero no las mimas sensaciones. Celebras, intentas rehacer la escena como si nada hubiera pasado pero ya no recuerdas ni cómo era el festejo ni hacia dónde te dirigías.

Ganaste pero no entendiste el final. Pasó todo tan rápido que nunca supiste qué serpiente te clavó los colmillos. Así de extraño es el futbol moderno, el VAR y el uso de las nuevas emociones.

Es como un olé lanzado al ruedo cuando ya se han ido todos.