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@CARLOSLGUERRERO

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2 min
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¿En serio creen que murió la Superliga?

A mí también me encantaría regresar el tiempo y volver a esas épocas donde ni siquiera se concebía la posibilidad de colocar publicidad en los uniformes.

Viajar a aquellas noches donde lo único que sobresalía en el orgulloso pecho de los futbolistas era el gigantesco escudo del equipo y aquellos días donde el calor y la humedad consumían los cuerpos de quienes jugaban con pesadas terlencas sin tecnología alguna para la transpiración.

Qué lindo sería coleccionar una vez más los endebles boletos a los que apenas se les veía un sello; tickets sin relucientes hologramas y sin códigos de barras.

Eran tan únicos que parecían timbres postales, casi artesanales, con una línea punteada para que pudiera desprenderse la parte que se quedaba el portero del estadio que a su vez, la hacía de jardinero, vigilante e intendente.

De aquellos tiempos ya no queda nada.

La parte romántica se fue erosionando con el paso de los años. Muy lejanos los días donde brincamos del amateurismo al profesionalismo.

De los años 50 sólo quedan los recuerdos, las memorias y las viejas enciclopedias que relatan las hazañas de Garrincha, Pelé y Puskas y unas cuantas fotografías en blanco y negro de equipos en México que se perdieron en la ruta del olvido.

Entendamos que el negocio tuvo que aparecer como principal brazo constructor para soportar lo que hoy conocemos como industria del deporte y del futbol. Que sin negocio no habría avance y mucho menos futuro.

Todos aquellos que hoy satanizan la palabra negocio deberían aceptar que el negocio no es pecado sino el modelo adecuado para otorgar soporte a todo.

De romanticismo ya no se puede vivir. Nadie puede hacerlo con los bolsillos vacíos. De abrazos, el alma se puede llenar pero no el estómago. La sed no se cura con sonrisas.

Evidentemente que todos los que conforman cualquier industria buscan que el negocio sea redituable.

Nadie en su sano juicio va a tirar su dinero y nadie pondrá en riesgo su inversión por amor al arte o por amor al futbol.

Ya no estamos en los tiempos del viejo Zacatepec o del desaparecido Oro.

Es más, ya ni en los tiempos donde todavía un empresario, sin respaldo alguno de una transnacional, podía hacerse cargo de un equipo de Primera División como en su momento Roberto Zermeño o Nicandro Ortiz.

Dudo que equipos tan poderosos en presencia, en relevancia histórica y sustento económico se hayan arriesgado a cimbrar a toda Europa, a retar a la UEFA y a hacerle frente a la FIFA solo por "presionar".

Detrás de ellos, hay estudios de viabilidad que los hicieron dar el primer paso. Seguro estoy que el aparente desmoronamiento del proyecto Superliga no será suficiente para que sus mentes maestras se queden de brazos cruzados.

Por el contrario, les han picado el orgullo.

La guerra apenas comenzó.