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@CARLOSLGUERRERO

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3 min
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Cláusulas de la pelota

La Euro ha sido una montaña rusa de emociones y sensaciones y no deja de sorprendernos.

La pelota, en cada uno de sus giros, confecciona historias grandiosas como si por contrato la hubieran obligado a hacerlo. Digamos que en las letras pequeñas y en las cláusulas más alejadas de las páginas principales vienen los apartados donde se compromete a escribir fantásticos episodios.

La primera gesta de asombro en la Eurocopa: el milagro de Copenhague, donde Eriksen, además de paralizar su corazón y de paso a su pueblo y al mundo entero, retó a la ciencia, a la tecnología y a la medicina al salir con los ojos abiertos del escenario.

Seguimos preguntándonos cómo es que todo aquello sucedió y cómo es que la pelota volvió a rodar como si nada hubiera pasado.

Y qué decir de Cristiano Ronaldo, el futbolista más atleta y el atleta más futbolista de todos los tiempos.

Su simple presencia cambia rumbos y puso en punto de ebullición a toda Budapest. Hizo enardecer con su doblete y acaparó miradas repletas de encono y odio deportivo.

Lo repudiaron y les devolvió el gesto con goles, la única forma en como podía silenciarlos un guante blanco.

Él sigue rompiendo récords, sigue marcado pautas, sigue siendo tan único, insuperable e inigualable. Lo que le pongan enfrente lo aniquila o le causa estragos, sea un defensor, un portero o un par de Coca Colas.

Con la misma habilidad para recortar zagueros y destruirles la cadera con un cambio de ritmo, se quitó de encima las botellas sin pensar en las consecuencias. Clásico perfil de un devorador, de un depredador insaciable, el arquetipo puntual de quien no deja nada para mañana si lo puede hacer al instante, ya sea un gol o la rebelión por una soda.

Por la cabeza de Cristiano Ronaldo nunca pasó la ecuación matemática respecto a la importancia de los patrocinadores, que de ellos emana un gran porcentaje del presupuesto de donde surgen las cantidades estratosféricas para el pago de los premios, que en los patrocinadores está el enchufe de la fuente para pagar hasta 35 millones de euros al ganador de la competencia.

Lo hizo porque pudo y porque puede. Un récord más a su larga lista. El de pintarle cara al sistema. Lo de Pogba ya fue imitación.

La Euro nos ha arrojado una de las más grandes lecciones: sin gol no hay paraíso.

No hay posesión extrema de la pelota que sirva o funcione si no hay triunfo de por medio, si no hay redes en movimiento.

Y si no lo creen, pregúntenle a España y su interminable debate sobre la falta de gol. Demasiado rococó en la partitura, pero sin un final digno para cerrar la melodía.

Todo ha sido un maremoto de sensaciones. Ver público en las gradas se ve sumamente extraño tanto como ver a alguien saludarse de mano.

El mundo ha cambiado, pero las emociones de la Eurocopa acatan a la perfección el contrato.

La pelota supo lo que firmó y lo está cumpliendo.