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@FJG_TD

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Final con aire ajeno

No gusta una Final en inglés porque le falta salsa.

Esa que da el sabor latino, la picardía, la bandera del país del que se trate: España, Italia, Francia...

La última vez que el partido que definió la Champions se habló en inglés sin derecho a subtítulos, el Liverpool y el Tottenham nos aburrieron todo el tiempo porque se enfrascaron en un duelo tan táctico, tan físico, que recordaron mis clases de economía en el pizarrón de la universidad con Roberto Flores Montenegro; mucha ecuación, poca alma.

Y no es que el Manchester City y el Chelsea no lo merezcan. Todo lo contrario.

Ambos superaron con creces a sus adversarios y no dejaron lugar a dudas.

Su despliegue físico, sus pocos momentos críticos y la facilidad con que vencieron, son evidenciados por la estadística, cada vez más presente pese a que sigue resultando un poco odiosa para el futbol.

Pese a estar más acostumbrados a la percepción que a lo numérico, tampoco se puede ignorar la contundencia del recuento: Chelsea presionó al Madrid de tal manera que sus cinco tiros a la portería fueron en general atropellados, con poco destino a gol y evitados, cuando fue el caso, por un arquero que se vistió de acuerdo a las circunstancias: Mandy estuvo en su sitio cuando fue preciso, como en aquel remate de Benzema que mandó hacia fuera en el momento más amenazante.

Ni en el PSG ni en el Madrid hay elementos de descarga: no pueden culpar al árbitro, a la falta de puntería o a la mala fortuna: fueron vencidos con todos los honores porque sus adversarios fueron mejores en toda la extensión de la palabra: no les dejaron posibilidad de réplica.

En la Premier League se vivieron reacciones que no se sintieron en ningún otro lado respecto a la fallida Superliga europea: fans orgullosos defendiendo sus valores, por encima del intento de sus dueños por emprender la retirada de la UEFA, que nos hacen claro el orgullo británico, que está tranquilo mientras no alteren la esencia de lo que son en el juego.

Hoy estarán felices porque vuelven a dominar una competencia que pedía a gritos el boicot de cinco de sus clubes -entre ellos los dos finalistas- que tardaron poco en enmendar el camino para adornar el torneo que preside la UEFA, a la que habían declarado la guerra.

Manchester City tiene algunas reminiscencias latinas por la mano de Guardiola y llega por primera vez a una Final que tratará de reivindicar el capital árabe invertido en los últimos 13 años.

Chelsea es más inglés, más alemán también y ha puesto al servicio de la fuerza física y el talento individual de jugadores como el decisivo Pulisic, la llave del tesoro que tratará de abrir en Estambul.

Ojalá sea una gran Final, pese a que parece faltarle algo que nos la haga más propia.

Poco parece pertenecernos de ella.