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@rgomezjunco

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Estertores blaugranas

Ayer inició con dos partidos la fase de Octavos de Final de la Champions League, que hoy continúa con otros dos.

Un torneo que a partir de esta fase adquiere una dimensión futbolística a la que ni siquiera se acerca ninguna otra competencia en el planeta entero.

Hoy la Juve con todo y Cristiano Ronaldo visitará al Porto con todo y José de Jesús Corona, y con la intención del cuadro italiano de plasmar en la práctica la clara superioridad que manifiesta en la teoría.

Al mismo tiempo el Sevilla recibirá al Borussia Dortmund, en uno de los duelos aparentemente más equilibrados en estos Octavos, y quizá el único que no involucra a un auténtico aspirante al título.

Por lo pronto, lo de ayer sirvió para confirmar el incremento que en el nivel de juego suele manifestarse a partir de esta instancia.

Como podía suponerse, un Liverpool encabezado por Mohamed Salah se impuso como "visitante" al RB Leipzig en la húngara cancha neutral del Puskás Aréna, para así consolidar a la escuadra inglesa entre los principales candidatos al título.

Pero si de candidatos se trata, con su brillante exhibición en el Camp Nou el Paris Saint Germain se reafirmó ayer como uno de los más firmes.

Con una demoledora actuación, a pesar de ausencias importantes y con Kylian Mbappé como inconmensurable figura, el poderoso conjunto francés zarandeó a domicilio al decadente cuadro catalán, para así marcar el fin de una maravillosa era: la de ese Barça que en su momento llegó a jugar como ningún otro equipo lo ha hecho en la historia del futbol de todo el mundo.

Si en anteriores ocasiones ya se había pronosticado que hasta ahí llegaría el Barça, ahora sí la sentencia para los blaugranas se antoja definitiva, porque la decadencia es tan evidente como lastimosa, porque se agotó y ya no da para más esa fórmula, porque la tarea le ha quedado grandísima a Ronald Koeman, porque en este 2021 ya se les fue la Liga, la Copa del Rey y la Champions... y porque la lógica indica que muy pronto se les irá Lionel Messi.

Hace apenas seis meses, cuando el Barcelona fue vapuleado 8-2 por el Bayern Munich en Lisboa, en los Cuartos de Final de la anterior edición de la Champions, podía argumentarse que a Messi no le convenía dejar a la escuadra catalana, que debía cumplir con el contrato vigente, que debía seguir para buscar la necesaria revancha y la plena reivindicación, que no era forma de despedirse de su equipo, de culminar la más brillante de todas las trayectorias que un futbolista haya recorrido con un solo club.

Ahora, la perspectiva es otra porque el panorama del equipo es aún más sombrío, porque cada vez es más notoria la impotencia del astro argentino, su distancia futbolística con respecto a los compañeros, su inevitable incapacidad para resolver individualmente lo que no es resuelto en lo colectivo.

Es decir, que para volver a lucir a plenitud a la más elevada de las alturas, a Messi le urge explorar otros lares, y sin él acabarán los estertores blaugranas y terminará "oficialmente" la era del más grande de los equipos que se haya visto.

¿O no?