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@rgomezjunco

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Superliga fugaz

La amenaza de la Superliga quedó -por lo pronto- solamente en eso.

A final de cuentas, todo parece indicar que ganó el futbol tras la lucha entablada entre quienes suelen contaminarlo.

Una lucha que no fue entre buenos y malos sino entre avorazados y convenencieros, que no fue de damas de la caridad contra terribles villanos, o de comprometidos benefactores contra desalmados dirigentes.

Fue, simple y sencillamente, una pugna entre poderosas instituciones empeñadas en proteger los propios y muy particulares intereses: algunos grandes clubes contra las respectivas ligas y contra la UEFA y la FIFA.

Una Superliga que en los términos planteados hubiera propiciado un incremento de la distancia entre los clubes más ricos y los que no lo son.

El alto nivel de futbol de nosotros, de unos cuantos, y eso a lo que los demás sigan jugando con lo que tienen y como puedan.

Aunque no seríamos el Real Madrid y el Barcelona que somos si no fuera por la Liga en la que jugamos, lo de menos es esa Liga porque ahora queremos jugar solamente contra los mejores equipos en el mundo, decretados por nosotros mismos. Si acaso, si es que seguimos participando en esa Liga que nos permitió crecer y llegar a ser lo que somos, lo haremos los fines de semana tal vez con nuestros segundos cuadros, porque los primeros tendremos que cuidarlos para los partidos de media semana que más nos interesan porque es ahí donde está el dinero.

Nosotros los ricos nos arrogamos el derecho de decidir quiénes debemos jugar en el más importante de los torneos, sin necesidad de ganarnos ese lugar y ese boleto donde deben ser ganados: en la cancha.

Una mentalidad que entre dirigentes de todo el mundo es la misma o se parece mucho. Acá los dueños del balón (aunque no lo toquen) protegieron las franquicias de los amigos para garantizarles que sus equipos no bajarán de categoría aunque sean los que peor jueguen, y allá pretendían blindar con millones de euros a los más ricos para que sigan siéndolo sin necesidad de ratificar la supuesta grandeza ganándose en las canchas en cada balón, en cada partido y en cada torneo el privilegio de seguir perteneciendo al selecto grupo de los más grandes.

Una tentadora maquinaria para captar lana de los futboleros consumidores de todo el mundo (por la vía no sólo de taquillas y esquilmos, sino sobre todo de patrocinadores y derechos de transmisión) que según parece ha quedado en frustrado intento. Entre otras cosas, porque esa tan mentada Superliga atentaría contra la sana, elemental, necesaria competencia deportiva.

Como bien lo expresó el gran Pep Guardiola, "El deporte no es deporte cuando no hay relación entre esfuerzo y premio. No es deporte si no importa perder. No es justo si un equipo lucha y lucha y luego no se puede clasificar porque el éxito sólo está garantizado para unos pocos clubes".

Una Superliga que tal vez algunos veían como una idea vanguardista, revolucionaria, brillante; tan brillante y refulgente como una estrella fugaz.

Tan fugaz, que aparentemente y por fortuna no llegará a la cancha.